La vida de Yeison Orlando Jiménez Galeano, apagada trágicamente este sábado en un siniestro aéreo en Boyacá, no fue solo una carrera artística; fue una epopeya de superación que personificó el sueño de millones de colombianos. Su historia, que comenzó entre el aroma del café en Caldas y el bullicio de las plazas de mercado en Bogotá, se convirtió en el testimonio de cómo la disciplina y la fe pueden alterar un destino que parecía sentenciado por la pobreza y la violencia.
El quiebre de la infancia y el “infierno” familiar
Nacido el 26 de julio de 1991 en Manzanares, Caldas, Yeison no siempre conoció la escasez. Sus primeros años transcurrieron en un entorno de relativa comodidad gracias a los negocios de sus padres, Orlando Jiménez y Luz Mery Galeano. Sin embargo, ese mundo se derrumbó debido a problemas de alcoholismo e infidelidades que derivaron en episodios de violencia intrafamiliar.
La separación de sus padres marcó lo que el artista denominó como el inicio de su “infierno”. De la noche a la mañana, pasó de la estabilidad a una precariedad extrema, trasladándose a Manizales y luego a Bogotá, donde el entorno de barrios como Patio Bonito lo expuso a dinámicas de criminalidad, drogas y armas. Pese a convivir con la violencia en su adolescencia, Jiménez siempre sostuvo que su mente estaba en otra parte: en la música y en sacar a su madre y hermana adelante.

Corabastos: la universidad de la calle y el ahorro
A los 14 años, Yeison Jiménez comenzó su verdadera formación en la central de abastos más grande del país. En Corabastos, inició organizando costales y terminó como “jefe de puesto”, pero su labor más recordada fue la de vender aguacates. Sus jornadas eran extenuantes: comenzaban de madrugada en la central y terminaban en el colegio por las tardes.
Fue en esos pasillos, entre el frío de la capital y el esfuerzo físico, donde reunió peso a peso el dinero necesario para financiar sus primeras grabaciones. “Yo era un empleado más, pero con un sueño que no me cabía en el pecho”, recordaba con frecuencia. Su paso por la central de abastos no fue solo un trabajo; fue el lugar donde forjó el carácter inquebrantable que le permitió soportar los desplantes iniciales de una industria musical que al principio le cerró las puertas.
La consolidación de un fenómeno cultural
Tras años de presentaciones en pequeños escenarios y pueblos remotos, su fe —reforzada tras un retiro espiritual que cambió su vida emocional— y su talento para la composición lo llevaron a lo más alto. Con más de 70 canciones de su autoría, logró lo que pocos en el género popular: la internacionalización. Éxitos como “Aventurero”, “Ni tengo ni necesito” y “Por qué la envidia” no solo sonaron en las cantinas de Colombia, sino en escenarios de Francia, Italia y Estados Unidos.
Su rol como jurado en “Yo Me Llamo” lo humanizó ante el país. Allí no solo evaluaba talento, sino que compartía consejos basados en su propia lucha, convirtiéndose en un referente de movilidad social. Yeison demostró que la música popular podía ser sofisticada sin perder su esencia de pueblo, llenando recintos como el Movistar Arena y proyectando un regreso triunfal al estadio El Campín para este 2026.

Familia, pasión futbolera y un final inesperado
Fuera de los focos, Yeison era un hombre dedicado a su esposa, Sonia Restrepo, y a sus tres hijos. Su orgullo más reciente era su hijo varón, Santiago, nacido en junio de 2024. Su pasión por Atlético Nacional también definía su identidad; era común verlo en la tribuna del Atanasio Girardot, donde siempre pedía que la “fiesta del fútbol” se viviera en paz, recordando que ninguna pasión justifica perder la vida.
Desafortunadamente, la vida se le escapó en cumplimiento de su deber artístico. Tras una exitosa presentación en Boyacá, el avión chárter que lo llevaba hacia Medellín para seguir su gira de inicio de año se precipitó a tierra. Colombia no solo pierde a un cantante de voz privilegiada; pierde a un símbolo de resiliencia que demostró que el éxito no es una cuestión de suerte, sino de una persistencia que no conoce el cansancio.
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