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Choque de trenes: la corrupción como arma arrojadiza entre Petro y Gaviria

La confrontación ideológica y el uso del pasado se imponen sobre la gestión técnica en el debate público nacional.

El debate político en Colombia ha mutado profundamente. Ya no se trata de una discusión sobre cifras o indicadores, sino de una guerra abierta de narrativas éticas. El reciente enfrentamiento entre el presidente Gustavo Petro y su exministro Alejandro Gaviria confirma esta tendencia. Mientras Gaviria señala fallas tangibles en la gestión actual, Petro responde invocando las tragedias humanitarias del pasado. El país asiste a un duelo donde la transparencia administrativa de hoy se enfrenta a la memoria histórica del dolor.

La tesis de Gaviria: la ineficiencia bajo el espectáculo

Alejandro Gaviria califica a la actual administración como el gobierno más corrupto de la historia reciente. Su crítica no es meramente ética, sino sociológica. El exministro argumenta que el país habita en lo que llama la “civilización del espectáculo”. En este entorno, el ruido constante y el desorden institucional impiden que la sociedad fiscalice con claridad. Para el economista, el escándalo de hoy desplaza al de ayer de forma orgánica, generando una saturación informativa que termina por insensibilizar a la opinión pública frente a las irregularidades.

El exministro sustenta su postura en casos críticos como el del Fomag. Allí se investigan presuntos pagos irregulares que superan los $260.000 millones de pesos. También menciona las dudas persistentes sobre contratos en RTVC por más de $23.000 millones. Según su visión, el Gobierno ha perfeccionado un relato de víctima perpetua. Al alegar siempre una infiltración o una traición externa, el Ejecutivo logra evadir sus responsabilidades directas. Para Gaviria, la corrupción hoy se tolera por conveniencia política bajo la premisa de que el proyecto del cambio justifica cualquier falta.

El contraataque de Petro: la corrupción como crimen estatal

Gustavo Petro no responde con auditorías ni desgloses técnicos de contratos. Su estrategia consiste en una redefinición total del concepto de corrupción. Para el mandatario, el acto más corrupto del siglo no es el desvío de dinero, sino los 6.402 falsos positivos. Al vincular a Gaviria con los gobiernos donde ocurrieron estas tragedias, el presidente intenta anular su autoridad moral de tajo. Petro sostiene que el modelo neoliberal es corrupto por su propia naturaleza porque mercantilizó derechos fundamentales del pueblo colombiano.

El mandatario afirma que billones de pesos de la salud terminaron en manos de intermediarios y financiaron al paramilitarismo. Para el presidente, las denuncias administrativas actuales son ruidos menores en comparación con esa tragedia estructural. Su prioridad es denunciar un sistema que convirtió la tragedia humana y la muerte en un negocio rentable. Define a Gaviria como un técnico que entiende de matemáticas pero ignora la realidad de una Colombia ensangrentada. De este modo, la respuesta oficial no busca desmentir los contratos, sino recordar las fosas comunes como la única medida real de la podredumbre.

¿Neutralización o evasión?

Este choque revela cómo el Gobierno utiliza la memoria para neutralizar denuncias actuales de forma sistemática. Al invocar crímenes de lesa humanidad, Petro logra que cualquier falla en el Fomag o la Fiduprevisora parezca insignificante ante sus seguidores. Es una táctica de supervivencia política altamente efectiva en la era de la polarización digital. Sin embargo, esta estrategia plantea un riesgo democrático evidente para el control del poder. Recordar los falsos positivos es vital para la justicia, pero no resuelve la falta de transparencia en la ejecución del presupuesto nacional presente.

Si la tragedia del pasado se utiliza como escudo para blindar el presente, el control social sobre los recursos públicos desaparece. El ciudadano queda atrapado entre la ineficiencia administrativa de una orilla y el horror humanitario de la otra. La pelea por el significado de la corrupción será el eje central de la narrativa hacia las próximas elecciones. No se evaluarán planes de desarrollo ni ejecuciones presupuestales. El debate girará en torno a identidades éticas basadas en quién ha causado o permitido el mayor daño histórico a la sociedad.

En esta lucha, la verdad técnica parece haber perdido la batalla frente al relato ideológico y emocional. La transparencia ahora depende exclusivamente de qué tan profundo sea el retrovisor que cada bando decida utilizar para atacar. La política colombiana ya no se gestiona principalmente en los ministerios o en las mesas técnicas de planeación. Se gestiona en la construcción de mitos, culpas y reparaciones simbólicas a través de las pantallas. El debate público es hoy un espejo donde ambos contendientes se niegan a ver sus propias manchas mientras señalan con furia las del oponente.

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