Por Rubén Darío Valencia
Tras la dolorosa, aunque ya no sorpresiva, muerte del senador y precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay la madrugada de este lunes 11 de agosto, y viendo cómo se fríen las tajadas en ese aceite hirviendo de las redes, no puedo más que confirmar mi triste y poco popular tesis —quizá porque ya no hay remedio—: a Colombia le envenenaron el alma con odio ideológico.
No es un crimen nuevo contra la nación. Ya antes fueron abatidos Jorge Eliécer Gaitán (1948), Álvaro Gómez Hurtado (1995), Luis Carlos Galán (1989), Carlos Pizarro Leongómez (1990), Bernardo Jaramillo Ossa (1990) y Manuel Cepeda Vargas (1994), entre otros. Todos cayeron bajo las balas del odio, aunque cada uno en un contexto distinto: unos en el marco de la violencia bipartidista, otros por el narcoterrorismo o por guerras ideológicas. La diferencia es que hoy el veneno se administra abiertamente, sin pudor, en dosis peligrosas, desde los altos despachos de la política, desde ciertos sectores de la academia y hasta desde el altar de la majestad de la justicia. Incluso, desde púlpitos donde ya no se predica con piedad, sino que se arenga con fuego.
Ese veneno tiene nombre y genealogía: lucha de clases. El término, central en la obra de Karl Marx y Friedrich Engels (Manifiesto Comunista, 1848, el que Gustavo Petro dice que subrayó en París), describe la historia humana como un conflicto constante entre clases con intereses irreconciliables, que en el capitalismo se concreta en la oposición entre la burguesía —dueña de los medios de producción— y el proletariado —que solo posee su fuerza de trabajo—. Según Marx, esta tensión desemboca inevitablemente en una revolución proletaria que abolirá la propiedad privada de esos medios y dará paso a una sociedad sin clases.
En Colombia, este concepto ha mutado —sin alcanzar una “crisálida” ideológica clara— en una peligrosa guerra social, término usado por movimientos radicales para justificar una confrontación abierta entre ciudadanos, difuminando las fronteras entre justicia social y resentimiento político. La narrativa ya no es la emancipación de los oprimidos, sino la demonización de todo aquel que, por esfuerzo propio o herencia, haya alcanzado un nivel de vida estable.
Los agoreros de esta guerra social, encabezados por el propio Presidente de la República y parte de su Gobierno, alientan sin freno ético ni moral los pregones de su particular justicia: “los ricos son malos, y todos, menos nosotros, son ricos”. Ergo, hay que destruirlos, aplastarlos, inmolarlos en el altar del “pueblo”.
En este credo, todo el que tenga una casa, un trabajo digno, una profesión exitosa, un carro o unas vacaciones familiares es reo de cadalso. Debe “pagar”, vía impuestos y desprecio social, la osadía de poseer lo que posee. No hay escala: un comerciante próspero es igual que un magnate. La única excepción es el “compañero rico” —como el propio Petro—, que goza de indulgencia plenaria por ser “fiel a la causa”.
Este es, quizá, el peor legado que el presidente Petro y alcaldes como Daniel Quintero en Medellín o Jorge Iván Ospina en Cali dejan al país: un discurso divisivo que regó día y noche la semilla del odio, cuyo fruto es una “movilidad combativa” y una “resistencia social” al servicio de mantener los privilegios que les otorgó la democracia. Una lucha de clases innecesaria y fratricida, en un país tan desigual que el 90% de su población ya está en desventaja.
Miguel Uribe Turbay murió víctima de ese odio, no hay duda. Lo confirman los profetas del resentimiento, cuya reacción en redes no contiene una sola palabra de aliento, respeto o grandeza. Solo amargura contra un hombre ya inerme, cuyo “delito” fue tener una idea y expresarla. A Miguel lo mató el odio antes que las balas.
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Posdata: la violencia política en Colombia no ha sido patrimonio de una sola ideología. El odio, con distintos nombres y banderas, ha segado vidas en todas las orillas: liberales y conservadores, izquierdas y derechas, civiles y militares, sindicalistas y empresarios. Reconocerlo no atenúa la responsabilidad de los que hoy siembran división, pero sí recuerda que en este país el odio no es nuevo… y que siempre, sin excepción, ha sido letal.