Se dice con frecuencia que el poder, despojado de sus adornos institucionales y de la rigidez de sus protocolos, tiene mucho menos de civilización y mucho más de una biología primaria y persistente que se resiste a ser domesticada por las urnas. En Colombia, ese fenómeno puede ser interpretado bajo una lente que desafía las convenciones de la ciencia política tradicional: la identidad Therian.
No se trata aquí de un disfraz de carnaval ni de una alegoría de fábula infantil; es, más bien, la exploración de esa zona gris y brumosa donde el líder deja de responder a los dictados de la ideología o del programa de gobierno para obedecer a una naturaleza que parece heredada de otra especie, un pulso atávico que habita en el sistema nervioso del Estado.
En este ecosistema particular, donde las leyes se redactan con la misma urgencia con la que un depredador marca su territorio y las alianzas se lamen como heridas de manada, los acontecimientos históricos dejan de ser accidentes del destino para revelarse como la huella inevitable de un instinto que no conoce de diplomacia ni de bien común, sino de la más pura y descarnada supervivencia de la especie en el asfalto del Capitolio, marcando el destino de aquellos que, movidos por una sed compartida de mando, han consagrado sus vidas a la obsesión de habitar la presidencia o dictar el rumbo del gobierno nacional.
Ernesto Samper: la ingrávida presencia del elefante
Ernesto Samper Pizano no es simplemente un integrante más de este bestiario; su figura constituye, quizás, el primer registro documentado de la naturaleza therian en la alta política colombiana. Mucho antes de que las redes sociales o las estéticas digitales permitieran hablar de identidades animales, Samper ya operaba bajo una lógica que superaba lo humano.
Su nombre estará siempre ligado a esa proeza de la física y la biología política que desafía cualquier lógica: el elefante que logró ocupar toda una sala de gobierno sin ser percibido, supuestamente, por el anfitrión del lugar. Con él, Colombia descubrió que el poder podía habitar en la ingravidez de un paquidermo que, a pesar de su volumen, se desplazaba con una parsimonia diplomática capaz de agotar la memoria de sus críticos.
Su maestría radica en la amnesia selectiva de esta especie fundacional. Samper es capaz de recordar con precisión de orfebre los más sutiles matices de un acuerdo internacional, pero mantiene una nebulosa impenetrable sobre el origen de los recursos que llovieron sobre su campaña en los convulsos años noventa. Es la encarnación del “paciente cero” de la impunidad sutil: un ser que enseñó a las generaciones venideras que, en la geografía colombiana, ser lo suficientemente grande para que nadie pueda moverte del camino es la mejor forma de volverse invisible ante la responsabilidad histórica. El elefante sigue ahí, sonriente y robusto, recordándonos que el peso del pasado solo aplasta a aquellos que no tienen la piel tan gruesa como la suya.
Álvaro Uribe: el galope infatigable del pura sangre
Continuando el recorrido, Álvaro Uribe Vélez encarna la disciplina del pura sangre con una fidelidad que, a estas alturas de la historia, resulta casi inquietante para amigos y enemigos por igual. Su relación con el mundo equino ha dejado de ser una simple estampa de fin de semana para convertirse en la gramática misma de su ejercicio político y existencial. En Uribe, el caballo no representa la libertad de la pradera, sino el orden estricto impuesto por la herradura y la convicción profunda de que el país es una yegua briosa que solo entiende el lenguaje directo del látigo y la espuela. Es la fuerza recia que relincha ante cualquier sospecha de desorden, convirtiendo la seguridad en un hierro marcado a fuego sobre la memoria colectiva.
Su galope, sin embargo, nunca ha estado exento de polvaredas que nublan la vista del espectador. El Pura Sangre no conoce el cansancio ni la claudicación, ni siquiera cuando el terreno judicial se transforma en un pantano espeso que detendría en seco a cualquier otro ejemplar de la fauna nacional. Desde la distancia estratégica del Ubérrimo, sigue marcando un paso fino que los potros jóvenes de la derecha intentan imitar con una torpeza evidente, recordándoles a todos que en esta finca la lealtad se mide por la capacidad de resistir la embestida sin desbocarse. Es la persistencia de una visión que ha aprendido a vestirse de gala, un animal político que sigue trotando con ritmo metonímico sobre las cicatrices de una nación que aún no logra descifrar si el caballo es el custodio definitivo de la hacienda.
Roy Barreras: el cromatismo adaptativo del camaleón
Roy Barreras constituye la expresión más sofisticada del camaleón legislativo en el ecosistema nacional. Su naturaleza desafía los manuales de la coherencia ideológica para entrar de lleno en el terreno de la biología de la supervivencia: el cambio de color no es una traición a los principios, es una adaptación necesaria al medio ambiente cambiante. Ha transitado por todas las ramas del espectro con una fluidez que haría palidecer a cualquier ideólogo de biblioteca, entendiendo con claridad meridiana que la supervivencia depende de adquirir el tono exacto de quien hoy sostiene las riendas del presupuesto nacional. Para Roy, la piel es una herramienta puramente técnica y la lealtad es un concepto elástico que se redefine en cada firma de una nueva coalición de gobierno.
Sus ojos, con esa capacidad casi mágica de vigilar dos horizontes distintos al mismo tiempo, le permiten anticipar la caída de un régimen mucho antes de que se produzca el primer síntoma visible de crisis. Es el arquitecto de las transiciones imposibles, el ser que siempre encuentra el ángulo de incidencia perfecto para no ser detectado por la guillotina de la opinión pública. La ironía de su existencia es que su versatilidad, tan denostada en los círculos de la pureza política, es precisamente el oxígeno que lo mantiene respirando en la cima de la montaña. Roy sobrevive porque ha comprendido, antes que nadie, que en un país de posturas rígidas y dogmatismos ciegos, el animal que sabe cambiar de piel en el momento justo es el único que nunca muere de frío.
Gustavo Petro: el acecho del jaguar místico
Llegando al presente, la figura de Gustavo Petro se ha ido difuminando en una suerte de vigilia felina que parece haber encontrado en el Jaguar no solo un símbolo de resistencia, sino un refugio espiritual para los días de tormenta política. No resulta casual que, en sus alocuciones más encendidas, la defensa de la selva y la soberanía nacional se enuncien desde una perspectiva que roza lo onírico; para el mandatario, el Jaguar es el guardián de una noche ancestral que solo él parece capaz de navegar sin extraviarse en la espesura de la oposición. Su reciente inclinación por estéticas que mezclan la vanguardia de la inteligencia artificial con facciones de pantera sugiere una administración que prefiere habitar en la mística del “despertar” de los pueblos antes que en la prosaica realidad de la ejecución presupuestal.
La ironía de este jaguarismo reside, precisamente, en su quietud. Mientras el felino místico ruge con una potencia ensordecedora desde el atril frente a las “águilas doradas” de la geopolítica, el territorio nacional parece haberse sumido en un letargo donde el control efectivo se escapa entre las garras de una burocracia que no entiende de salud ni de ataques rápidos. Es un depredador de la retórica: un ser que camina con un sigilo excesivo por los alfombrados pasillos de palacio, más preocupado por la pureza inmaculada del símbolo que por la aspereza del fango administrativo. Su soberanía es una delicada construcción de sombras, donde el rugido es una constante que llena el aire, pero la captura del resultado concreto sigue siendo un evento esquivo en la espesura del cambio.
Abelardo de la Espriella: el rugido escénico del tigre
Finalmente, el ecosistema se completa con Abelardo de la Espriella, quien ha convertido el rugido en un artículo de lujo y una marca registrada que no admite medias tintas en la arena pública. Bajo la premisa de que “al Tigre no lo para nadie”, su figura representa la amalgama perfecta entre la ferocidad de los tribunales y el espectáculo incesante de la cultura de masas. Si el jaguar petrista es una criatura introspectiva y nocturna que se pierde en la metafísica de los símbolos, el Tigre de De la Espriella es solar, orgulloso y profundamente consciente de su audiencia; un ser que necesita que el mundo entero sea testigo de su mordida, pues su territorio no es la selva virgen, sino el escenario iluminado donde marca su presencia con fragancias importadas y una estética de poder que no admite réplica alguna.
Su ironía es casi operática y excesiva: se presenta como el último y más feroz defensor de una institucionalidad que él mismo desafía con una puesta en escena cinematográfica, poseyendo un olfato infalible para detectar la debilidad ajena y atacar con una elegancia que convierte la disputa legal en un evento de la alta sociedad. Es un depredador que ha entendido la política de la imagen moderna, donde importa mucho menos la solidez de la presa que la potencia absoluta del rugido frente a las cámaras, alimentando su propia Realpolitik a través de audiencias y clics que lo mantienen siempre en la cúspide de la conversación nacional.
El retorno a la selva: un final sin tregua
Al final de este recorrido por el bestiario, queda una certeza incómoda: el fenómeno Therian en la política colombiana no es una anomalía, sino el estado natural de nuestra vida pública. Mientras los ciudadanos buscamos programas, cifras y promesas de bienestar, nuestros líderes parecen estar demasiado ocupados atendiendo el llamado de su propia sangre animal. Hemos construido una democracia que, en el fondo, funciona como una reserva natural de instintos indomables, donde el jaguar sigue soñando con selvas imposibles, el caballo galopa sobre los mismos miedos de siempre y el camaleón observa quién será el próximo en caer para cambiar de color una vez más.
Quizás el error ha sido intentar leer la política con libros de historia, cuando lo que necesitábamos era un manual de etología. En Colombia, el poder no se hereda ni se gana; el poder se huele, se acecha y, finalmente, se devora. En esta selva de cemento y leyes, la civilización es apenas una delgada capa de barniz sobre unos colmillos que nunca han dejado de estar afilados. La pregunta que queda flotando en el aire enrarecido de Bogotá no es quién ganará las próximas elecciones, sino qué animal terminará imponiendo su instinto sobre los restos de una nación que ha terminado por olvidar qué aspecto tenía la humanidad.
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