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Leonor González Mina: la mujer que convirtió el rugir del tambor en el orgullo de una nación

La voz que rompió el silencio de la exclusión.

En este 8 de marzo de 2026, Colombia no solo conmemora la lucha histórica de las mujeres por sus derechos, sino que también rinde tributo a las figuras que abrieron caminos imposibles. Leonor González Mina, la eterna “Negra Grande de Colombia”, personifica esa resistencia. Aunque su partida física ocurrió el 27 de noviembre de 2024, su legado artístico y social se mantiene más vivo que nunca como un faro de identidad para las comunidades afrodescendientes y para las mujeres que desafiaron el orden establecido.

El escape hacia la libertad creativa

La historia de Leonor comenzó en Robles, una vereda de Jamundí, Valle del Cauca. Allí, entre la oscuridad de las noches sin electricidad y el canto de sus siete hermanos, nació una vocación que su familia intentó frenar. Sus padres soñaban con una hija enfermera o psicóloga, pero Leonor llevaba el ritmo en la sangre. A los 16 años, tomó una decisión radical: huyó de casa para perseguir el arte. Este acto de rebeldía no fue un capricho juvenil, sino la búsqueda de una autonomía que en aquel entonces les era negada a las mujeres negras.

Su valentía la llevó rápidamente a escenarios inimaginables. En 1954, debutó en el Teatro Olympia de París como bailarina del Ballet Folclórico de Delia y Manuel Zapata Olivella. Aquella presentación en la “Ciudad de la Luz” funcionó como el trampolín que la catapultó a escenarios en China, Alemania y el resto de Europa. Leonor no solo bailaba; ella transportaba la esencia del Pacífico y el Caribe colombiano a tierras lejanas, demostrando que la cultura popular podía dialogar con los círculos artísticos más exigentes del mundo.

La construcción de una leyenda sonora

Al regresar a Colombia, Leonor transformó la industria fonográfica. En 1964 grabó su primer disco, Cantos de mi tierra y de mi raza, bajo la dirección de Hernán Restrepo Duque. Fue él quien le impuso el sobrenombre de “La Negra Grande de Colombia”, un título que, según confesó la artista años después, le sacó más de una cana por el peso que representaba. Sin embargo, bajo ese seudónimo, inmortalizó himnos como “Yo me llamo Cumbia”, “Mi Buenaventura” y “El alegre pescador”.

Su versión de “Yo me llamo Cumbia” no fue simplemente una interpretación; fue una declaración de principios. A través de su voz, la cumbia dejó de ser vista solo como un baile de plazas para convertirse en un símbolo de orgullo nacional. Leonor fue la primera mujer afrocolombiana en ocupar un lugar de privilegio en la radio y la televisión, rompiendo barreras raciales en una sociedad que aún miraba con prejuicio las expresiones artísticas de origen africano. En consecuencia, su música se convirtió en una herramienta de visibilización y denuncia.

Entre el set de grabación y el capitolio

La versatilidad de la “Negra Grande” la llevó también a la actuación, donde dejó huellas imborrables. Interpretó papeles icónicos en producciones como Azúcar, dándole vida a Zenobia, y Bolívar, el hombre de las dificultades, donde encarnó a Hipólita. Su talento fue tal que incluso llamó la atención del cineasta italiano Bernardo Bertolucci, quien destacó su capacidad para creerse el personaje antes de actuarlo. Para Leonor, la actuación era otra forma de contar la historia de su pueblo y de las mujeres que, como su abuela, sostuvieron la estructura familiar en medio de la adversidad.

No obstante, su paso por la política fue una experiencia agridulce. En 1998, convencida por Piedad Córdoba, fue elegida representante a la Cámara. Leonor siempre recordó ese periodo como “la peor experiencia de su vida”. La corrupción y la burocracia chocaron con su espíritu transparente y artístico. A pesar de su decepción, ese tránsito por el poder legislativo sirvió para demostrar que las mujeres del sector cultural también tenían la intención de incidir en las decisiones del país, aunque el sistema no siempre estuviera listo para ellas.

Un regreso a las raíces y el adiós final

En sus últimos años, Leonor González Mina decidió retornar a su amado Valle del Cauca. Se instaló en Robles, donde se dedicó a labores sociales y a defender la memoria de sus antepasados. Nunca olvidó que su abuelo fue un esclavo que compró su libertad con el oro que sacó del río con sus propias manos. Ese orgullo por su linaje fue el motor que la mantuvo activa hasta los 90 años.

Su fallecimiento en una residencia en Pance, Cali, marcó el cierre de un ciclo vital extraordinario. Leonor se levantó, charló con sus cuidadores y, con la misma paz con la que entonaba un currulao, se despidió del mundo. Hoy, en este especial de marzo, recordamos que la “Negra Grande” no solo nos dejó canciones; nos dejó la certeza de que el arte es el arma más poderosa para reclamar el lugar que nos corresponde en la historia. Colombia sigue cantando a su ritmo, porque mientras suene una cumbia, Leonor González Mina seguirá presente.

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