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Taparon el hueco, pero no la crisis: la Maratón de Cali y la lección del silencio.

El domingo 3 de mayo, mientras más de 20.000 corredores cruzaban Cali en lo que debía ser la postal deportiva del año, el atleta keniano Ezra Kipketer Tanui sufrió una grave lesión tras tropezar con un hueco en plena competencia. El video se viralizó en menos de tres horas y ya estaba por todas las redes y medios regionales y nacionales. Para el lunes en la mañana, cuando la Alcaldía finalmente decidió salir… ya era tarde. No porque la versión de la lesión fuera falsa o verdadera — eso es secundario —, sino porque el relato ya tenía dueño, y no era el gobierno distrital.

Eso sí: la única cosa que la Alcaldía supo tapar a tiempo fue el hueco. En horas de la noche, mientras el comunicado oficial seguía sin existir, la maquinaria ya estaba en la vía.

Me puse a la tarea de medir el impacto digital con una herramienta de escucha social. Y lo que arrojó no deja mucho espacio para interpretaciones.

El domingo, día del evento, la conversación sobre la Maratón tuvo poco más de 900 menciones y un alcance de más de 9,8 millones de personas. Dentro de esa conversación, el sentimiento positivo le ganaba al negativo por más de nueve a uno. Era una fiesta digital. Era, sin exagerar, el mejor escenario al que un gobierno puede aspirar.

Casi veinticuatro horas después, mientras la Alcaldía seguía sin pronunciarse, la foto era otra. El sentimiento negativo había alcanzado al positivo. De nueve a uno a favor el domingo, a un empate técnico el lunes. Esa es la distancia que recorre un relato cuando nadie sale a defenderlo.

En comunicación de crisis hay una regla básica: lo que se decida en las primeras horas después de un incidente viral define quién va a ser el dueño del relato. No las primeras veinticuatro. Las primeras seis, máximo. En esa ventana los algoritmos ya consolidaron cómo se va a contar el hecho, los hashtags ya están posicionados, los influenciadores ya tomaron postura y la opinión pública ya cerró su juicio inicial.

La Alcaldía tardó casi veinticuatro horas en pronunciarse. Casi cuatro veces el plazo crítico. Cuando finalmente salieron, no estaban gestionando una crisis: estaban tratando de recuperar terreno ya perdido.

Lo más preocupante no es este caso aislado. Es que se inscribe en un patrón que ya empieza a ser reconocible: una administración que reacciona en lugar de anticiparse, que sale a explicar después de que el daño está hecho, que aparece en cámara cuando la conversación ya cambió de tema.

La Alcaldía de Cali tiene un problema de comunicaciones. De manejo de crisis. De medición. De reaccionar a tiempo. Y mientras todo eso no se resuelva, va a seguir pasando lo mismo: un evento que arranca como victoria y termina como crisis, simplemente porque nadie supo cuándo abrir la boca.

El domingo, la Maratón de Cali era una victoria comunicacional limpia: poco más de 900 menciones, más de 9,8 millones de personas alcanzadas, un sentimiento positivo aplastando al negativo. El lunes ya no lo era. Y no por el hueco. No por el desgarre. No por el atleta. Por el silencio.

Hay gobiernos que pierden por hacer mal las cosas. Y hay gobiernos que pierden por no hacer nada a tiempo. Esta vez, fue lo segundo.

Pablo Yamasaki
Asesor y Estratega Político | Experto en Tecnología | CEO CW+

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