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El Vaticano recibe informe sobre 13 clérigos acusados de pederastia e impunidad en Colombia

La investigación documenta denuncias ignoradas por años y revela un patrón de encubrimiento.

Un extenso informe llegó directamente a la Santa Sede esta semana. El documento pone bajo la lupa la gestión de la pederastia en las instituciones religiosas de Colombia. El dosier recopila un total de 21 testimonios procedentes de ocho países de América. De estos relatos, 13 corresponden a clérigos señalados por abusos sexuales en territorio colombiano. El informe surge de una rigurosa investigación del diario EL PAÍS. Su objetivo es que Roma inicie procesos formales y ofrezca respuestas claras a las víctimas. Estos ciudadanos enfrentaron el silencio de la jerarquía local por décadas. La estructura eclesiástica priorizó su imagen institucional sobre la protección efectiva de los menores.

La investigación expone un preocupante silencio sistemático en la Iglesia colombiana. En tres de los casos, los afectados informaron directamente a las autoridades eclesiásticas del país. Sin embargo, los obispos archivaron las denuncias o evitaron darles trámite oficial ante el Vaticano. Los relatos sugieren una lógica de protección interna recurrente. Esto permitió que los señalados siguieran en sus cargos sin enfrentar consecuencias legales en Colombia.

El drama de las víctimas y el peso del silencio obligado

Marko Rakower es uno de los testimonios centrales de este documento. El hombre sufrió múltiples agresiones durante su infancia en Bogotá. Los abusos ocurrieron en la década de los noventa. Tuvieron lugar en sitios de alta relevancia religiosa, como la iglesia de San Francisco y el Colegio Mayor de San Bartolomé. Rakower identifica a sacerdotes jesuitas y diáconos como sus principales agresores. El entorno eclesiástico facilitó el acceso a los niños bajo la excusa de la formación espiritual y académica.

El daño emocional permanece intacto para el denunciante casi treinta años después. Rakower decidió hablar para visibilizar que estos actos no fueron incidentes aislados en Colombia. Los victimarios utilizaron el miedo y la manipulación religiosa para callar a los niños durante años. Esta presión psicológica impidió que las víctimas buscaran ayuda externa de forma temprana. El trauma se prolongó así durante su vida adulta, afectando su capacidad de establecer vínculos sanos.

Cifras de una conducta estructural en la institución

El problema trasciende los casos individuales recopilados en el dosier de EL PAÍS. Investigaciones lideradas por los periodistas Juan Pablo Barrientos y Miguel Ángel Estupiñán sugieren que esto es solo una fracción de la realidad nacional. Sus hallazgos documentan cerca de 800 sacerdotes denunciados por abusos sexuales en Colombia. La cifra resultó de una intensa batalla legal para abrir los archivos secretos de las arquidiócesis colombianas. Solo 17 de las 137 instituciones consultadas han entregado información hasta la fecha.

Los periodistas e investigadores del caso sostienen que el modelo de justicia canónica actual facilita la impunidad. El sistema permite trasladar a los implicados de parroquia dentro del país en lugar de expulsarlos. No suelen denunciarlos ante la justicia civil colombiana de manera proactiva. Un proyecto de ley en el Congreso busca crear una Comisión de la Verdad para estos casos. No obstante, sectores aliados a la Iglesia intentan frenar el debate para evitar que la ley prospere antes del cierre de la legislatura el 20 de junio.

Casos críticos de impunidad en Pamplona e Ipiales

El informe profundiza en fallos críticos registrados en Norte de Santander y Nariño. En la arquidiócesis de Nueva Pamplona, una víctima denunció a un seminarista y a un sacerdote activo. La Iglesia colombiana reconoció la responsabilidad del primero en los hechos. Sin embargo, cerró el expediente por prescripción administrativa. El clérigo señalado por encubrimiento sigue ejerciendo funciones en Herrán sin haber recibido sanción alguna.

En Ipiales ocurrió un escenario similar que indigna a la comunidad. Una joven esperó más de diez años por justicia tras denunciar al sacerdote Aníbal Belalcázar. El obispado de la época pidió a la familia mantener un “bajo perfil” sobre el caso. La víctima acudió a la justicia civil colombiana años después por sus propios medios. Logró la detención del agresor en 2020. La diócesis incumplió su deber de informar al Vaticano en su momento. Violó así los protocolos de transparencia exigidos por el Papa Francisco.

La presión recae ahora sobre las oficinas de Roma tras recibir esta documentación. El documento pone a prueba el compromiso de la Santa Sede con la tolerancia cero en Latinoamérica. Muchos archivos nacionales siguen bajo llave en las curias locales. Este informe internacional representa hoy la única vía de acceso a la verdad para decenas de familias colombianas que exigen justicia real.

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