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La primera funeraria de Cali y su curioso origen

Benjamín Martínez fundó la primera funeraria de Cali, introduciendo carrozas y cambios que transformaron los velorios locales.

En el centro histórico de Cali, entre la quinta y sexta calle de la carrera quinta, hace más de un siglo surgió un proyecto que cambiaría para siempre la forma de decir adiós a los seres queridos. Antes de eso, los funerales eran enteramente caseros: la familia organizaba velorios dentro de sus hogares, sin ayuda profesional ni servicios especiales.

Todo esto cambió gracias a un hombre con manos de artista y visión empresarial. Benjamín Martínez Rodríguez, conocido por su habilidad en la carpintería, decidió que su talento podía servir a la comunidad de una manera inédita: creó la primera funeraria de la ciudad. Pero su camino empezó mucho antes. En 1903, un enorme tronco arrastrado por el río Cali se convirtió en un Cristo que donó a la Catedral de San Pedro Apóstol, demostrando desde temprano su maestría en la madera.

De la talla a la innovación

Martínez no solo se conformó con tallar ataúdes; introdujo un concepto que era completamente nuevo para la época: el transporte de los difuntos en carrozas tiradas por caballos. Hasta entonces, los féretros eran cargados por familiares, una tarea agotadora y dolorosa. Los carruajes, elegantes y cuidadosos, ofrecieron un respeto adicional al ritual y marcaron un punto de inflexión en la manera en que los caleños despedían a sus muertos.

La funeraria también se convirtió en escenario de pequeñas historias cotidianas. Los niños del barrio, fascinados por los ataúdes expuestos en la entrada, solían esconderse dentro de ellos durante sus juegos. Esas travesuras inocentes, hoy recordadas por vecinos mayores, aportaron un toque humano y anecdótico a un lugar que de otro modo podría parecer sombrío.

El impacto de Martínez trascendió lo funerario. Se desempeñó como concejal y promovió la educación y los oficios, influyendo en la creación de escuelas que formarían a futuras generaciones de artesanos y técnicos. Incluso se le atribuye haber inspirado la construcción del monumento de Las Tres Cruces, desde su casa observaba los cerros y sugirió al párroco de Santa Rosa la instalación de las cruces que hoy son símbolo de la ciudad.

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Con su creatividad y compromiso social, Benjamín Martínez no solo transformó las despedidas: dejó una huella duradera en la vida cultural y educativa de Cali, mostrando cómo una idea innovadora puede cambiar costumbres y enriquecer la historia de una ciudad.