En la parte alta del sur de la ciudad, en la urbanización Altos de Santelena, los edificios de cemento permanecen intactos en su estructura externa, pero mudos en su interior. Parecen gigantes petrificados, maquetas deshabitadas tras una evacuación de emergencia. La ironía que golpea a este rincón caleño es brutal. Decenas de familias conquistaron tras años de esfuerzo el sueño de poseer un apartamento propio, pero hoy no pueden cruzar la puerta de entrada.
Dos meses después del terremoto que sacudió la región, sus legítimos dueños duermen al frente de sus hogares, en hilera, apretujados bajo toldos de plástico y sobre estibas de madera que rasgan la espalda.
“Nosotros como propietarios tenemos que cuidar porque ya hemos tenido amenazas de invasiones. La mayoría están vandalizadas, se han llevado las rejas, puertas, cables de energía… si se nos mete un invasor, con esta situación no lo vamos a poder sacar”— relata con desesperación una de las habitantes.
Dormir afuera, una prueba de cada día
Dormir afuera es una prueba física diaria. La vida en las carpas transcurre expuesta a las lluvias torrenciales de la montaña y al sol ardiente del mediodía que hace chorrear el sudor entre la lona. Además, dentro de los refugios provisionales, los colchones de algodón se amoldan a los vacíos de las estivas de madera, formando abultamientos incómodos. “Uno duerme muy incómodo, amanece muy cansado”, comenta Doña Mayra, señalando la carpa número 3 en la Torre 10, protegida por capas de plástico para frenar las filtraciones.
La logística familiar también se fragmentó. En una pequeña tienda de campaña no caben tres personas. Por eso, el marido de Mayra trabaja durante el trayecto del día, llega a almorzar y regresa por la noche para pernoctar con ella. Mientras tanto, su hija ha tenido que mudarse con su abuela.

La olla común de Altos de Santa Elena
A unos metros de las carpas, el humo de leña y el olor a colada caliente marcan el inicio de la jornada. En Altos de Santa Elena la supervivencia es comunitaria o no es. Funcionan comedores comunitarios improvisados para atender a más de 80 familias por sector. Solo entre las torres 83 a la 90 opera un punto de preparación, mientras que de la torre 1 a la 14 han tenido que habilitar otro debido a la alta demanda.
En la cocina improvisada, mujeres líderes revuelven la olla. Hay colada, masitas de maíz, huevos y café. “Aquí ya hirvió el agua… tenemos el aceite para hacer unas tostaditas de plátano y ya se está pelando la papa para un sudadito de pollo”, explica una de las cocineras entre el hollín.
Asimismo, muchas de las mujeres que sostienen la olla común compaginan esta labor con trabajos informales. Varias se desempeñan como empleadas domésticas durante dos días a la semana. El resto del tiempo se dedica al cuidado del campamento y a la custodia comunitaria.
Entre la música y la incertidumbre
Caminar por las calles de Altos de Santa Elena implica escuchar música de fondo que los vecinos encienden para ahuyentar el desespero y dibujar una sonrisa a la tragedia. Pero la resignación no borra la incertidumbre económica y moral.

Doña Martha contempla la fachada del bloque donde se ubica su apartamento, exactamente en el quinto piso. Hoy, para cocinar un plato de papas o hervir arroz, debe pedir prestado el espacio en la carpa contigua porque carece de herramientas básicas y de proteína para llevar a la mesa.
“Me da muy duro porque a mí nunca me había tocado una cosa de estas, dormir en la calle. Económicamente nosotros no somos de dinero, pero con tener un techo para la vejez uno ya sobrevivía. Ahora estamos en la calle sin saber qué nos van a decir o si nos van a responder por el techo que teníamos, porque ya no tenemos fuerzas para conseguir otro”, confiesa Marta.
Una tragedia que apenas comienza
Dos meses después del movimiento telúrico, la percepción de emergencia no ha cesado; por el contrario, se ha cronificado. Esta es la “otra Cali”: la que resiste en los bloques de plástico y madera. La que construye trincheras con bolsas para frenar los embates del agua. La que aguarda respuestas claras sobre el diagnóstico estructural de sus viviendas.
El pan de cada día en Altos de Santa Elena no solo son las raciones compartidas en el comedor comunitario. Es la vivencia compartida de rehacer la vida cotidiana sobre la nada, mientras desde el suelo miran sus ventanas vacías, recordando que la verdadera tragedia para cientos de caleños no terminó cuando la tierra dejó de temblar: apenas está comenzando.