Era lunes y estaba nublado. Iba por la calle 9, subiendo al centro de la ciudad, y en la esquina de la 18 estaba la famosa estación de gasolina ‘El Triángulo’, del barrio Bretaña. Allí quedé impactado al ver a una mujer joven, de tez trigueña, cambiando una llanta. Ese no es el hecho, pues cualquier mujer lo puede hacer.
Lo que me llamó la atención fue que tenía la ropa de trabajo del lugar. Estacioné el carro y me quedé observándola mientras atendía al público con mucho carácter. En efecto, confirmé mi pensamiento: dicha mujer estaba trabajando como montallantas.
El calor de la tarde caleña derrite el asfalto, pero Valentina Barrero Aguirre no pierde la postura. Tiene 25 años, el cabello impecablemente arreglado, las uñas intactas y una sonrisa que desafía cualquier prejuicio. Frente a la mirada incisiva de los transeúntes, levanta un gato hidráulico y afloja pernos de acero. Además, desmonta ruedas gigantes con la destreza de quien conoce el oficio al milímetro.

Valentina no encaja en los estereotipos grotescos con los que el machismo suele encasillar a quien trabaja en una montallantas. No lo busca, ni le interesa. En un sector donde históricamente impera la fuerza bruta masculina, ella opone técnica y pulcritud. Además, mantiene una convención innegociable: trabajar en la calle no significa renunciar a la propia esencia.
—El hecho de trabajar aquí no quiere decir que tenga que estar sucia, mal arreglada o como una gamina —afirma con la firmeza de quien ha tenido que construir su propia armadura—. Me gusta estar siempre con mis uñas bien arregladas, el cabello lindo, bien maquillada. El trabajo duro no niega la feminidad.
La mujer montallantas de Cali y su vida de curvas cerradas
La vida de Valentina no ha sido una línea recta; es más bien una carrera con curvas cerradas. A su corta edad, ha intentado ingresar tres veces a la educación superior buscando distintas carreras. Aun así, no encontró ese lugar donde la vocación encaje sin forzarlo. Como miles de jóvenes colombianos impactados por la falta de oportunidades, hace unos años decidió buscar el “sueño americano”.
Sin embargo, el viaje concluyó con el trago amargo de la deportación. Regresó con las manos vacías a una Cali convulsionada y golpeada por la crisis económica de la pandemia. Entonces, el mercado laboral formal le cerró las puertas. La única salida estaba en casa.
Su familia llevaba años viviendo del arte del caucho y la vulcanización. Valentina decidió no hundirse y abrazó el oficio familiar como un salvavidas. Con el tiempo, ese oficio se convirtió en su principal trinchera para hacerle frente a la vida. Hoy vive con su madre —”somos las dos solitas”, repite con orgullo— y aporta el sustento diario gracias al sudor de su frente. En un buen día, su trabajo le representa entre 120.000 y 180.000 pesos colombianos. Es una cifra que gana a fuerza de sus manos, destreza y resistencia al subir y bajar llantas de los vehículos.
“Muchos ven este trabajo como algo duro, y de cierta forma lo es. Pero las ganas de salir adelante te hacen seguir sin importar lo que pase. Para mí no hay límites, los límites solo existen en la mente”, sentencia.
Sordera selectiva contra el machismo
Estar parada al rayo del sol o bajo el agua cambiando neumáticos implica resistir más que el peso de los vehículos. Además, implica encarar el peso de las miradas incrédulas y los comentarios mordaces. Son los de una sociedad que aún no digiere ver a una mujer joven manipulando herramientas pesadas.
—¿Usted qué hace aquí? Las mujeres están para lavar, cocinar y hacer oficio, esto es trabajo de hombres —ha tenido que escuchar en más de una ocasión.
Ante el veneno social, Valentina aplica una fórmula sencilla: la sordera selectiva. Por eso, no confronta con violencia, sino que responde con la eficacia de su trabajo. Para ella, cambiar una llanta no es cuestión de fuerza descomunal, sino de método. “Las claves son la paciencia y el cuidado; un mal movimiento y todo falla”, explica mientras ajusta una válvula. El gimnasio diario es la calle, su rutina es el movimiento constante y su recompensa es la satisfacción del deber cumplido.
Lejos de los talleres: patines, familia y decisiones propias
Lejos de los talleres, su vida transcurre con la misma claridad con la que habla. No le desvelan la rumba ni las fiestas en una Cali que no duerme. Son etapas que asegura haber superado tras vivir intensamente en sus primeros años de juventud. Sus verdaderas pasiones son recorrer la ciudad sobre ruedas en un grupo de patinaje urbano, disfrutar de su gata y ver películas comiendo su comida rápida favorita. Por encima de todo, su pasión es atesorar el tiempo en familia.
En lo personal, tiene una postura clara y sin complejos: no desea ser madre. Es una decisión conversada y asumida junto a su pareja. Juntos comparten un proyecto de vida centrado en el crecimiento personal, la tranquilidad y los viajes.
Un faro para la juventud
Valentina no pretende quedarse para siempre entre neumáticos. El taller es su presente y su trinchera, pero no el destino final de sus sueños. Trabaja incansablemente con la meta fija de capacitarse en cosmetología. Su plan es abrir, en un par de años, su propio estudio de belleza. Mientras ese día llega, su figura se yergue como un símbolo silencioso pero poderoso en las calles caleñas.
En una época donde muchos jóvenes se paralizan ante la adversidad, Valentina ofrece una lección de dignidad sin aspavientos. Lo hace frente a quienes sienten vergüenza de los oficios informales.
—A las mujeres que hacen trabajos difíciles o cuestionados les digo que no se dejen minimizar por nada ni por nadie —concluye mientras limpia sus manos—. Mientras no le estemos haciendo daño a nadie, cualquier trabajo es digno. A los jóvenes que les da pena salir a guerrearla, les digo que la pena no da de comer. La plata está hecha y hay que salir a buscarla con la frente en alto.
Al final de la jornada, Valentina arregla su cabello, guarda sus herramientas y camina a casa. Lo hace con la tranquilidad absoluta de quien ha ganado la batalla diaria contra el prejuicio. Y camina con la elegancia intacta y el orgullo de quien sabe que la dignidad no se negocia.