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“Enterré a mi propio hijo”: La vida de un sepulturero

Jorge lleva 27 años en el cementerio y hace cuatro tuvo que sepultar a su hijo de 22 años, fallecido tras una adicción.

Por Mario LozadaPublicado: sábado, 31 octubre 2026 | 17:06 hrsÚltima actualización: sábado, 31 octubre 2026 | 17:08 hrs

Hay oficios que nacen entre los márgenes de poco usuales, de aquello que las sociedades modernas prefieren sepultar bajo capas de eufemismos, flores de plástico y silencios protocolarios. La muerte, esa incómoda certeza que nos habita, es para la mayoría una interrupción violenta, un abismo al que se mira de reojo.

Pero para Jorge —un hombre de manos curtidas, mirada mansa y una paciencia infinita—, el cementerio no es el fin del camino, sino su hogar, su vecindario y el escenario donde ha transcurrido más de media vida.

Durante veintisiete años, Jorge ha hecho de la morgue, las lápidas, los osarios y el dolor ajeno su cotidianidad. En un mundo donde la inteligencia artificial y la automatización prometen reemplazarlo todo, el oficio del sepulturero resiste como una de las labores más profundamente humanas e insustituibles.

Ninguna máquina, por fría y precisa que sea, sabrá jamás extraer con ternura milimétrica los huesos más pequeños de unos dedos humanos.

Patio del cementerio con un árbol al centro y pabellones de nichos a ambos lados
Uno de los patios del cementerio donde trabaja Jorge. Foto: CW+ / Mario Lozada

El arte de la costumbre y el respeto por los muertos

El aire en el camposanto tiene una densidad particular, mezcla de tierra húmeda, sombras y el eco lejano de la ciudad que sigue su curso al otro lado de los muros. Para Jorge, el miedo a los muertos es un concepto ajeno, casi infantil.

—A mí siempre me ha gustado trabajar aquí con los disjuntos— dice con una naturalidad desconcertante, desprovista de cualquier pose morbosa—. Eso es que uno nace con ellos. Cuando Reinaldo vivía, yo mantenía mucho en la morgue y a mí me gustó el trabajo. Hay muchas personas a las que no les gusta porque dicen que les da miedo; yo nunca he sentido temor ni nada.

Esa familiaridad con el tránsito final no surge de la insensibilidad, sino de una extraña forma de empatía. Jorge explica que al ingresar a la labor recibió capacitaciones para ‘lidiar’ con el público, con esas familias que llegan al borde del paroxismo emocional, a veces agresivas, quebradas por la pérdida.

—Si lo agreden a uno, hay que quedarse quieto. Uno debe entender el dolor de la gente, así como lo siente uno lo siente la persona. Eso es normal. Y uno está en un camposanto y tiene que respetarlos.

Ese respeto se traduce en gestos cotidianos que rozan lo sagrado. Cuando le corresponde desenterrar restos tras los cuatro años reglamentarios, lo hace con una delicadeza sorprendente. No hay brusquedad en sus movimientos, a cada persona le dedica el tiempo necesario.

Jorge, sepulturero, trabaja con un martillo en el cierre de un nicho del cementerio
Jorge trabaja en un nicho del cementerio. Foto: CW+ / Mario Lozada

—Yo por lo menos respeto mucho a los difuntos. Cuando los saco, los saco con amor. Con amor los trata uno.

Al preguntarle si considera a los difuntos sus amigos, no duda ni un segundo. Para él, la muerte se lleva la carne, pero el alma y el espíritu permanecen. Incluso asegura, sin titubeos ni intenciones de asustar, que las presencias lo acompañan en su ronda diaria, convirtiéndose en parte de su paisaje cotidiano, en una convivencia pacífica donde las sombras ya no espantan a nadie.

La frontera entre la furia y la paz

Trabajar en el cementerio implica también lidiar con los vivos, lo cual, según confiesa entre risas contenidas, suele ser mucho más difícil que tratar con los que ya se han ido. Jorge ha visto de todo: sepelios donde la música de mariachis inunda los pabellones —algo que, lejos de molestarle, le hace compañía—, hasta ceremonias marcadas por el exceso de alcohol, la pólvora y disparos al aire.

Frente a la violencia urbana que a veces traspasa las puertas del cementerio, su escudo es la prudencia. En medio de riñas entre los mismos asistentes armados, paradójicamente, los familiares del difunto suelen salir en su defensa. “A él no lo toquen, él está haciendo su trabajo”, les gritan a los más exaltados.

El secreto de su supervivencia en ese entorno volátil es simple: el respeto irrestricto al dolor ajeno y la capacidad de entender que cada quien despide a los suyos como puede o como la rabia se lo permite.

Fuera de este perímetro de cruces y panteones, la vida de Jorge discurre en silencio. Cuando descansa, pasea, se relaja en casa y se alimenta bien para contrarrestar el frío proverbial que muchos achacan al oficio. Sin embargo, jamás lleva historias de la morgue a su mesa familiar. Es un hombre de pocas palabras para el espanto exterior; prefiere guardar la mística de su trabajo y mantener una existencia apacible.

Camino de ladrillo entre pabellones de nichos del cementerio, bajo un cielo azul
Pabellones de nichos del cementerio. Foto: CW+ / Mario Lozada

El dolor más profundo: cavar la propia historia

Hay heridas que ninguna filosofía sobre la muerte logra anestesiar por completo. En casi tres décadas de oficio, a Jorge le ha tocado enfrentar la prueba más desgarradora que puede imponérsele a un sepulturero: cavar la fosa y enterrar a su propia sangre.

Hace cuatro años, su hijo de apenas veintidós años falleció tras una dura batalla contra la drogadicción. A pesar de los internamientos en fundaciones y los intentos desesperados por apartarlo de la calle, el joven eligió un destino inevitable. Cuando llegó el momento, fue el propio Jorge quien asumió el sepelio.

—Eso fue muy duro, pero usted sabe que con tantos años que yo llevo… —se detiene, buscando las palabras exactas entre los recuerdos—. Él consumía y lo llevaron para Versalles y falleció. Yo tuve una muchacha bonita que lo iba a sacar de aquí, pero él prefería la calle. Inclusive lo tengo sin lápiz. ¿Para qué? Ya le tengo su osario y todo.

Al caminar entre los pasillos, señala el lugar donde descansa su muchacho. No hay lápidas ostentosas ni nombres grabados en mármol caro. La muerte, al final, nos nivela a todos. Para Jorge, su hijo está en el cielo, y de alguna manera, sigue acompañándolo en este rincón donde los días transcurren entre paladas de tierra y cajones de madera.

La lección del camposanto

Hacia el final de la jornada, mientras repasa los cajones apilados que esperan el paso implacable del tiempo, Jorge reflexiona sobre la vanidad de los vivos. Vistos desde el fondo de una fosa, los afanes cotidianos pierden sentido.

—Vea cómo sale una persona a los cuatro años. Entonces, ¿para qué tanto lujo? Uno vive con lo que Dios le dio, nomás. El día que yo me muera, ¿qué me entierran? Nomás la ropa. Y cuando le sacan los restos a uno, ¿qué se lleva? Nada. ¿Dónde lo echan? En una bolsita. Entonces uno, ¿para qué se pelea por pertenencias?

Para él, este lugar es sencillamente “la casa de todos”, el destino ineludible donde convergemos al terminar el trayecto. Al preguntarle si alguna vez ha imaginado su propio sepelio, sonríe con una placidez que desarma cualquier temor existencial.

—No, no me lo he imaginado. Me veo igual. Eso es normal. Uno se muere y ya qué; uno cuando se muere ya ni sabe a dónde lo van a enterrar.

Entre el susurro del viento entre los árboles y el respeto absoluto por los que descansan, Jorge sigue ahí, cumpliendo una labor ancestral. Nos recuerda, con la sencillez de su sabiduría cotidiana, que la muerte no es más que el último capítulo de la vida, y que tener el valor de mirarla de frente es, paradójicamente, la mejor manera de aprender a vivir