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El ‘Ministerio de la Verdad’ de Petro

Garabatos

Por Rubén Darío Valencia

“Estamos peor, pero estamos mejor, porque antes estábamos bien pero era mentira, no como ahora que estamos mal pero es verdad”.
(Frase atribuida a ‘Cantinflas’).

En el inquietante y distópico mundo que nos pinta George Orwell en su novela ‘1984’, hay una institución de ese utópico régimen que nos ilustra, con inquietante similitud, lo que pasa hoy con nuestro Gobierno del Cambio: El ‘Ministerio de la Verdad’.


Desde este Ministerio orwelliano se controlaban todos los aspectos de la vida de los individuos a través de la construcción de verdades oficiales, de la creación de enemigos comunes y de la resignificación del lenguaje para decir que lo que antes era malo ahora es bueno y viceversa. Pero lo que más preocupó a Wilson, el personaje central de la trama, y responsable oficial de construir esta verdad, fue cuando le tocó reescribir, cambiando todos los hechos, la historia misma. Incluso la suya.


En el gobierno de Petro existe una tensión social permanente entre lo que es real y lo que es falso. Miente todo el tiempo y para todo. Incluso, para llegar al gobierno se sirvió de la fábula: pregonó la narrativa falaz y contraevidente de que en 200 años no hemos construido un país, que la guerra es un invento de los enemigos de la paz, y nos engañó con la propuesta de falso bienestar social prometiendo que haría la paz con el ELN en tres días. Y que tumbaría el Soat, proscribiría el servicio militar obligatorio, cancelaría las deudas con el Icetex y que el lunes, un día después de su posesión, acabaría con la infamia del hambre.

Su vida misma está llena de verdades a medias y mentiras completas, con hijos de 4 en conducta que no crió, adicciones que se toman como café en las mañanas y militancia criminal sin indulto.


Todo está bajo sospecha. Nos dice la verdad de que va a subir la gasolina, pero nos mete al mismo tiempo la mentira de que sólo será para los ricos, lo que obliga al país al permanente y frenético ejercicio de confirmar las mentiras y desmentir las verdades. Engaños y falsedades que se multiplican como la mala hierba a través de sus ministros, cada uno con su cifra errada o su discurso mañoso.


Y nos vendió la idea tramposa de que la Paz Total es la libertad del país y nos infundió el fraude perverso de que las víctimas son las malas y los victimarios los buenos, merecedores de todas las formas posibles de ayuda del Estado, que el despojo de tierras es una Reforma Agraria legítima y que el acoso y derribo de las instituciones son una conquista popular que él debe respaldar.


Petro es un hábil alquimista de las sustancias que arman lo real y lo irreal: lo que era una verdad antes, que Roy Barreras y Armando Benedetti eran la vieja casta política, la convirtió en una mentira cuando fueron sus amigos, y ahora, de nuevo, y por arte de birlibirloque, vuelve a ser verdad que es mentira (como con Benedetti). O que el secuestro no es más que un cerco humanitario o, en un silogismo diabólico, que la delincuencia no lo será más cuando (en la obviedad más infame del mundo) dejemos de llamarlos delincuentes. Y bautizarlos con un nombre más pomposo y conveniente: gestores de paz.


Miente tanto Petro y su gobierno, sus ministros y sus áulicos, que nos han puesto a dudar de las certezas que teníamos y a tener fe en los embustes. Como Wiston, de la novela ‘1984’ (¿recuerdan?) creyó que ya no había nada en que creer, pero que todo era cierto.


Volvamos a Orwell para entender por qué miente Petro. Porque necesita encubrir, mimetizar, su más dura verdad (aunque diga que es mentira): no tiene idea de para dónde va. Perdió el rumbo. Su estrategia es mentir siempre. Trampas idiomáticas que hacen hervir las redes sociales donde sus feligreses las fagocitan hambrientos, como peces tragando lombrices para luego morder el anzuelo de la ira, generando una permanente, odiosa e insoportable confrontación pública entre buenos y malos, verdades y mentiras que divide al país. Y entonces, como ganancia pírrica (la peligrosa polarización), tener el argumento hipócrita de que el pueblo lo apoya.


Y porque no tiene más remedio. Para muchos, Petro es un palabrero de la economía, pues ningún economista serio cree que apagando los generadores de la riqueza, como la industria del petróleo, o atacando a muerte el capital de trabajo habrá más riqueza y mejor bienestar social. Porque también nos engañó cuando nos dijo que íbamos a vivir sabroso.


Así las cosas, Gustavo Petro, que además nos quiere imponer a la fuerza la yihad de su credo socialista, nos está llevando como sociedad a la increíble y bizarra decisión de desenvainar la espada para defender una incontrastable y antigua verdad: que dos más dos son cuatro, y no 5, como dice, necesita y le conviene al Gobierno.