Cada cambio de gobierno trae consigo una ola de ilusión y esperanza. Las promesas de campaña crean expectativas altas entre la ciudadanía, que aguarda ansiosa su cumplimiento. Sin embargo, es común observar que muchos políticos, una vez asumen el cargo, pierden de vista sus responsabilidades iniciales. Durante los primeros meses de gobierno, suelen comportarse como si aún estuvieran en campaña, buscando aparecer en tantos actos públicos como sea posible y, en muchos casos, adoptando actitudes populistas.
“En ocasiones, el no comunicar también comunica y la ausencia de comunicación también envía un mensaje”.
Esta práctica común entre los políticos de no abandonar el estilo de campaña una vez en el cargo plantea varias preguntas: ¿Por qué ocurre este error tan común entre los políticos? ¿Por qué continúan comunicándose como si estuvieran aún en campaña? ¿Será que durante la planificación de la transición o el empalme no se diseñó adecuadamente una estrategia de comunicación? Creo que la respuesta podría estar en la comprensión de la diferencia entre la comunicación política y gubernamental.
La comunicación política, enfocada en la promoción de ideas, candidatos y partidos, es vital durante las campañas electorales. Su objetivo es influir en la opinión pública y ganar apoyo electoral. En contraste, la comunicación gubernamental debería ser objetiva e informativa, centrada en políticas, iniciativas y decisiones gubernamentales.
Me pregunto: ¿por qué hay veces que los equipos no alcanzan a diferenciar esto? De ahí vienen los errores principales.
Un error frecuente es asumir que ambas formas de comunicación son equivalentes, lo que conduce a interpretaciones erróneas y a la confusión entre los mensajes políticos y gubernamentales. Esta mezcla inadecuada puede provocar que los esfuerzos informativos del gobierno sean percibidos como tácticas electorales, generando descontento y críticas de que “la campaña ya terminó”.
Observamos que muchos gobiernos en el poder continúan utilizando la comunicación política como herramienta de gobierno, empleando recursos estatales para afianzar su apoyo electoral. Esta práctica no solo es engañosa, sino que también desvirtúa el propósito de la comunicación gubernamental.
Es esencial que los gobernantes comprendan que la campaña ha terminado y que ahora deben enfocarse en la gestión. Deben delegar en sus equipos o asesores la tarea de decidir qué y cómo comunicar. Como siempre he sostenido:
“Es preferible comunicar menos pero de forma concreta y pertinente, en lugar de mantener un estilo de comunicación propio de las campañas”.
Para que un gobierno sea efectivo y mantenga la confianza del público, es crucial distinguir claramente entre la comunicación política y gubernamental. Solo así se puede asegurar que la información proporcionada al público sea percibida como legítima y no como una estrategia para perpetuar el poder político.
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