El calendario volvió a marcar el 10 de agosto. Era un lunes como cualquier otro: la rutina seguía su curso y las personas comenzaban a salir de sus casas para sus lugares de trabajo o de estudio. Nadie imaginaba que, en cuestión de segundos, todo cambiaría. A las 7:34 a. m. del 10 de agosto de 2026, la tierra se sacudió con fuerza en San José del Palmar, Chocó. Un terremoto de magnitud 7.4 apagó sueños, dejó familias bajo escombros y edificios en ruinas. Un terremoto derrumbó todo lo que encontró a su paso.
Aquel lunes fue diferente. No había comida en la mesa ni conversaciones familiares ni mucho menos reuniones laborales, solamente había dolor e incertidumbre. Una mañana aparentemente normal se transformó en la tragedia más dolorosa del país de las últimas décadas.
La tranquilidad se perdió en medio de gritos, sirenas de ambulancias, sangre y desesperación. El dolor invadió a miles de personas que, pegadas al teléfono, esperaban recibir buenas noticias sobre sus familiares. Para otros, el terremoto significó perder para siempre a seres queridos, amigos y conocidos.
Solidaridad, amor y unión
Cali pasó de tener una imagen conflictiva ante el mundo, a convertirse en una ciudad resiliente, solidaria y unida frente a la adversidad. El terremoto del 10 de agosto arrugó los corazones de miles de personas que decidieron sacar escombros con sus propias manos para encontrar vida.
Otros salieron de sus casas para llevar alimentos, agua, ropa y ayudas humanitarias a quienes el destino les obligó a iniciar de cero. Cali bajo ruinas, pero con la fuerza de reconstruirse en poco tiempo.
El punto de quiebre
En Cali, la semana terminó con un cambio silencioso pero determinante: los equipos de rescate empezaron a dejar atrás la esperanza de encontrar sobrevivientes para concentrarse en la recuperación de cuerpos. Los reportes oficiales de la Alcaldía que alcanzaron 130 fallecidos y 94 desaparecidos según la fecha de corte, describen una ciudad que sigue contando a los suyos mientras retira, tonelada a tonelada, lo que quedó de sus edificios.
Uno de esos edificios es el Vanessa, en la carrera 44 con calle 9, al sur de Cali. En ese sitio, aún hay familias esperando noticias de sus seres queridos, quienes permanecen bajo escombros. La ilusión de hallarlos con vida aún no desaparece.
En otro punto de la capital del Valle, en las Torres del Limonar, el panorama es similar: hay dolor y silencio. Allí, familiares regresan para identificar las pertenencias de quienes perdieron la vida tras el terremoto del 10 de agosto. Después de despedir a sus familiares, el corazón continúa quebrándose cuando observan fotografías, entre otros elementos.
Cali no termina de contar sus muertos ni de encontrar desaparecidos
Detrás de cada historia hay una ciudad que empieza a mirar hacia adelante sin haber terminado de contar sus pérdidas. El terremoto ocurrió apenas tres días después de la posesión de Abelardo de la Espriella como presidente, y se convirtió en la primera gran prueba de su gobierno.
Siete días después, Cali no termina de contar a sus muertos ni de encontrar a todos sus desaparecidos. Pero entre las cifras oficiales, que siguen cambiando reporte tras reporte, también hay nombres propios: los de quienes lograron salir; los de quienes, como Yensi Lorena, salvaron a los seres que amaron durante su vida, pero no lograron salvar la propia, y los de quienes, como familias que aún esperan una señal o respuesta.
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