Cuando el terremoto de magnitud 7,4 sacudió el occidente de Colombia el lunes 10 de agosto, Mayerli Arrigui no tardó en brindar su ayuda. Se enteró de que el sismo había afectado un edificio cerca de donde vivía su madre, en el sur de Cali, y salió caminando hacia allá, en chanclas y sin ningún equipo de protección.
Ese día empezó a mover escombros con baldes, junto a un cientos de vecinos que llegaron antes que los organismos oficiales de rescate. En el edificio Cantabria, ese esfuerzo colectivo permitió sacar con vida a cuatro personas.
De la calle a liderar un rescate
Arrigui, de 30 años, se sostiene desde hace tres años vendiendo velas e inciensos en el sistema de transporte público MIO de Cali. Con esos ingresos cría a sus dos hijos, Fabián, de cinco años, y Daniela, de dos, y paga el arriendo de un cuarto en Siloé, en la ladera occidental de la ciudad.
Antes de esa vida su realidad era otra, pues pasó una década durmiendo en la calle, atravesó una adicción y enfrentó la violencia de la vida en el andén. Según contó, ese periodo terminó cuando se supo embarazada de su primer hijo y comenzó un proceso de rehabilitación. Ese cambio, dijo, le devolvió el rumbo a su vida.
Esa misma capacidad de resistencia, según su relato, fue la que puso al servicio del rescate. Un funcionario de la Alcaldía de Cali que trabajó frente al edificio Ana Paula, en el barrio Cuarto de Legua, calculó que al menos la mitad de los voluntarios jóvenes que ayudaron en distintos puntos de la ciudad habían hecho parte meses atrás de la Primera Línea, el grupo que protagonizó las protestas del paro nacional de 2021.
Arrigui no perteneció a ese grupo, pero estuvo presente en varios puntos de resistencia de esa época, lo que según explicó, le permitió reconocer entre los escombros a muchos de esos mismos rostros.
Aprender a leer los escombros
La coordinación entre los voluntarios no fue inmediata. En los primeros días, sin una cadena de mando clara, se presentaron desórdenes y hasta conflictos entre quienes llegaban a ayudar. Arrigui recordó que fue necesario sacar a varias personas de la zona por esa razón.
Con el paso de los días, contó, aprendió a distinguir qué columnas todavía sostenían peso y en qué puntos era riesgoso cavar, un conocimiento que, según explicó, desarrolló por su experiencia previa de supervivencia en la calle. Esa lectura del terreno le permitió detener a otros voluntarios antes de que movieran estructuras que podían derrumbarse.
Hasta el miércoles 12 de agosto, según su testimonio, todavía se escuchaban señales de vida bajo los escombros. Esas señales, dijo, dejaron de percibirse cuando entró la maquinaria pesada a la zona.
Una advertencia del ICBF en medio del rescate
Durante buena parte de esa semana, Arrigui estuvo acompañada en la zona por su hija menor, Daniela, y por su hermana Fernanda, quien la cuidaba mientras ella trabajaba entre los escombros. Según su señaló, ambas permanecían fuera del área acordonada, en una carpa que les facilitaron otros voluntarios.
EL PAÍS informó que el martes 11 de agosto, funcionarios del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) le pidieron que se retirara de la zona junto a su hija, bajo la advertencia de una posible medida de protección sobre la menor. Arrigui aseguró que se negó a irse porque ese mismo día habían logrado rescatar con vida a dos personas y dos animales. Permaneció en el lugar varias horas después del plazo que le habían dado los funcionarios, y la advertencia se repitió al día siguiente.
El cierre de una búsqueda
El viernes en la noche, cuando ya no quedaba escombro que remover a mano y entraron las máquinas pesadas, Arrigui se sentó junto a dos familias que esperaban noticias de sus parientes. Bajo los escombros permanecían María Isabel Suárez Narváez, de 68 años, y Victoria Eugenia Perea Pérez, de 54.
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Los cuerpos de ambas mujeres fueron recuperados el sábado 15 de agosto. Ese mismo día, Arrigui se retiró de la zona del desastre, seis días después de haber llegado. En su despedida recibió un casco blanco en el que alguien, en medio de la emergencia, había escrito la palabra “líder”.
Lo que queda después del rescate
El terremoto también dejó inhabitable el cuarto que Arrigui arrendaba en Siloé. Desde entonces vive en una vivienda provisional ubicada junto al escombrero donde la ciudad ha empezado a acumular los restos del sismo, sobre la calle Quinta de Cali, en lo que antes era un parque de diversiones infantil.
Según contó, el polvo que se desprende de esa zona afecta la salud de su hija menor, que ha amanecido con congestión nasal e irritación en los ojos. Pese a esa situación, Arrigui volvió a vender velas en los buses del MIO para sostener a sus hijos.