Entre los escombros del edificio Torres del Limonar, en el sur de Cali, Johana Sánchez encontró algo que no buscaba: la manera de ayudar a decenas de familias a recuperar lo que el terremoto del 10 de agosto les arrebató junto con sus seres queridos.
Sánchez, de 41 años, caleña, madre y contratista, no tiene entrenamiento en labores de rescate. Tampoco vivía en el edificio ni conocía a ninguna de las víctimas. Aun así, decidió acudir de manera voluntaria a la zona del desastre, en contra de la voluntad de su familia.
Torres del Limonar fue la estructura con el mayor número de víctimas mortales entre los más de 24 edificios que el sismo destruyó por completo en la ciudad. El terremoto, con epicentro en Chocó, golpeó a Cali con particular fuerza por las condiciones del suelo blando de la ciudad, compuesto por sedimentos de río.
Una llegada camuflada, cuando ya se agotaba el tiempo
Sánchez ingresó a la zona restringida un martes, camuflada en un vehículo de carga pesada, justo cuando se acercaba el límite de las 72 horas que establecen los protocolos internacionales para la búsqueda de sobrevivientes.
“Había un militar ahí y yo le dije: ‘Buenas’. Y me entré, y ahí mismo le dije a una persona: ‘Me presta un casco’. Me puse a coger piedras y a mirar por los huequitos si encontraba alguien. Yo vine a salvar vidas, a tratar de sacar a la gente, pero no se pudo”, relató Sánchez a Los Informantes.
Durante las primeras horas, las familias de los desaparecidos mantuvieron la esperanza de hallar personas con vida. Pero los equipos de rescate enfrentaron un obstáculo médico severo. El síndrome de aplastamiento, que provoca que las toxinas acumuladas en los músculos de una persona atrapada ingresen al torrente sanguíneo apenas se retira el peso que la comprime, causando infartos fulminantes. Esa circunstancia llevó a que algunos familiares pidieran no remover las piedras, para poder seguir hablando con sus seres queridos mientras seguían con vida bajo los escombros.
De buscar sobrevivientes a rescatar recuerdos
La misión inicial de Sánchez no tuvo el resultado que esperaba. Pero su atención se desvió hacia otra urgencia cuando encontró, entre las piedras, un peluche cubierto de polvo. Al ver que otra persona se disponía a desecharlo por considerarlo inservible, intervino.
“No, señora, eso no es basura. Lo que para usted es basura, para otra persona es lo más importante que le queda, un recuerdo”, le dijo, según su propio relato a Los Informantes.
Desde ese momento empezó un proceso minucioso de clasificación de pertenencias. Zapatos, llaves, diplomas, relojes, carteras, cartas. Ante la cantidad de objetos que se acumulaban, diseñó un método propio de organización basado en la profesión de cada víctima, información que indagaba directamente con los familiares que llegaban al lugar.
“Se quedan aterrados porque dicen: ‘¿Usted cómo sabía que esto era de mi mamá?’. Y yo les decía: ‘Porque su mamá, ¿qué era? Ah, trabajaba en estética’. Entonces empezaba”, contó Sánchez.
Ese método le permitió, por ejemplo, reunir las herramientas de ferretería de un propietario identificado como don Miguel. Entre sus pertenencias apareció una carta escrita en 2011, con un mensaje de afecto para su esposa y sus hijos que había permanecido guardado durante quince años. El documento llegó a manos de su hijo justo el día del cumpleaños de don Miguel.
La maleta que la familia Patiño no esperaba encontrar
Uno de los casos más significativos fue el del periodista y presentador José Fernando Patiño, quien viajó desde Bogotá al enterarse del colapso del apartamento de su padre, Darío Patiño Rivera, de 78 años, ubicado en el apartamento 304 de la torre. El cuerpo fue rescatado un martes en la noche, tras una ardua labor de los equipos de socorro. José Fernando identificó a su padre por partes del cuerpo: la parte trasera de la pierna, el talón, una calva en la coronilla y un lunar en la axila.
Tras el funeral, regresó a las ruinas del edificio con un propósito puntual: recuperar la memoria familiar. “Le dije: ‘Pa, entre tantas cosas, ayúdame a buscar nuestros recuerdos’. Tú puedes creer que lo primero que encontramos fue una maleta donde dijeron: ‘Ahí hay fotos'”, relató.
Al recibir el equipaje que Sánchez y los demás voluntarios habían clasificado, Patiño lo resumió así: “Esto es todo. Esto es todo lo que necesito”.
Cuando lo material deja de importar
La experiencia de Sánchez mostró un patrón que se repitió entre los dolientes. El valor material de los objetos perdía peso frente a la carga sentimental de las fotografías. Así ocurrió con la hija de una pareja que murió abrazada bajo las placas de concreto. Cuando Sánchez intentó entregarle joyas de plata y una colección de lentes de sol de su madre, la joven, de 30 años, las rechazó y pidió únicamente las fotos.
La única vez que Sánchez interrumpió su labor y se quebró emocionalmente fue tras acompañar a una madre que pasó dos días y dos noches sin dormir en el campamento improvisado, a la espera del rescate de sus hijos Valentina y Juan. Cuando los cuerpos de ambos jóvenes fueron hallados bajo el concreto, Sánchez se alejó del lugar para llorar sola.
El equipo de psicología del duelo que acompaña la emergencia le ha recomendado retirarse para proteger su salud mental, ante la exposición constante al dolor ajeno. Hasta ahora, sin embargo, Sánchez ha decidido permanecer en el lugar.
Todas las pertenencias recuperadas por ella y los demás voluntarios -fotos, diplomas, relojes, anillos- se encuentran en una bodega oficial, donde los familiares de las víctimas pueden acercarse a identificarlas y reclamarlas.
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